Historias de algunas (y algunos) valientes

Las estrellas de cine no mueren en Liverpool

Ahí está, recién llegada a las carteleras españolas, lista para disfrutarla en pantalla grande. La historia real entre la madura actriz Gloria Grahame (Annette Bening) y el joven aspirante a actor Peter Turner (Jamie Bell) lo tiene todo para interesarnos.

Casi treinta años se llevaban cuando se conocieron, allá por 1978 en Londres, ciudad en la que ella trabajaba en ese momento, lejos ya sus días de gloria en Hollywood y más lejos aún sus inolvidables trabajos en películas como Cautivos del mal (por el que se llevó un Oscar) o Los sobornados. Él tenía 26 años; ella, 54. Se enamoraron, señor@s, se enamoraron, y ahí está el libro que escribió al respecto Peter Turner y del que la película que hoy nos ocupa es reflejo fiel, Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, para ilustrarlo con pelos y señales.

 

 

No voy a contar aquí mucho más, pero sí a recordar que este fue el último amor de Gloria, quien, diva al fin, cuando conoció a Peter tenía a sus espaldas nada menos que cuatro matrimonios, el último con un hombre mucho más joven que ella e hijo del director de cine Nicholas Ray, quien fuera su segundo marido.

Y esto me lleva a mencionar el eterno chascarrillo que circula sobre esto y que me recordó recientemente el escritor y editor Guillermo Balmori en una tertulia que compartimos en el programa de radio El marcapáginas. Según dicho rumor, cuando Grahame estaba casada con Nicholas Ray, un día este habría vuelto a casa y se habría encontrado en la cama a su mujer con un hijo que él tenía de un matrimonio anterior y que a la sazón andaría por los 13 o 14 años. Pues bien, según Peter Turner jura y perjura, eso nunca ocurrió, por más que les pese a cuantos aman los cotilleos escandalosos. Eso sí, con el tiempo el jovenzuelo acabaría siendo su cuarto marido, pero no el último amor, orgullo sólo reservado al propio Turner.

 

 

Créditos: Vértice Cine.

Lola Ce

2 Comemtarios

  1. Maite G. Martín Responder a Maite

    Culebrón el de esta mujer. Quizá el chascarrillo no era real, pero el niño, según cuentas, acabó siendo su marido años después. No me extraña que diera pie a comentarios

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