Historias de algunas (y algunos) valientes

Isabel Sartorius y el Príncipe Felipe. Lo que el futuro monarca aprendió para siempre

Ahí están, sonrientes, en los comienzos de su amor, en una foto que muestra a las claras que sí, que entre ellos había algo. Corría el año 1989. Felipe, en pleno período de formación, tenía 21 años y cierta afición por la caza que parece haber ido -felizmente- a menos. Isabel, por su parte, era una bellísima y desconocida mujer, hija del Marqués de Mariño y de Isabel Zorraquín, entonces casada con el político peruano Manuel Ulloa. Había pasado su adolescencia entre Lima y España y, terminados sus estudios de Ciencias Políticas en Washington, asistió en Madrid a una fiesta en honor de su primo. Fue allí donde se conocieron.

La noticia fue un bombazo. Entonces la prensa era mucho más respetuosa con los famosos en general y con la Monarquía en particular. A la televisión no había llegado todavía Tómbola, el amable precedente de Sálvame, y las exclusivas eran feudo particular de las revistas (ahora recuerdo con ternura a Pilar Miró, que retransmitió las bodas de las dos Infantas por televisión y comentó así la diferencia que había percibido entre una y otra –en apenas dos años-: “En el enlace de Elena y Marichalar la información era normal; en la segunda, he visto programas en la tele que analizan el estilo en el calzado de Iñaki Urdangarin” -dijo, atónita-. Pero todo eso sería seis, ocho años después. En 1989, como decía, la noticia del amor entre el heredero de la corona y la experta en Relaciones Internacionales abrió la veda de la exclusiva más o menos suave y con ella la del ‘Aquí todo el mundo opina’. Y el pueblo opinó: que si no era una princesa (lo de hija de Marqués, al parecer, no era suficiente), que si sus padres estaban divorciados, que si ella era mayor que él (tres años), que si Don Juan, el abuelo, no la veía con buenos ojos… Y, en medio de todo, ellos intentaban tener una relación normal, como cualquier pareja de jóvenes, aunque Isabel llevaba especialmente mal ser el objetivo constante de la prensa.

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La historia se fue enfriando poco a poco, que no la amistad, y terminó oficiosamente varios años después, cuando Don Felipe conoció en Estados Unidos a Gigi Howard y los pillaron en las playas de Guyana. Y digo oficiosamente porque las casas reales tienen por costumbre anunciar un noviazgo a la vez que el compromiso oficial y la consiguiente boda. Así que el noviazgo entre Isabel y Felipe no existió para la Casa Real, pero sí para Don Juan Carlos y Doña Sofía, los entonces reyes, que lo vivieron con preocupación, pues el príncipe estuvo muy enamorado de Isabel Sartorius y tiene –tenía entonces- más carácter de lo que parece. Fue, de hecho, su primer gran amor, y también el más importante para Isabel, que durante muchos años siguió siendo, en el imaginario colectivo, ‘la novia del príncipe’.

¿Y después? El amor más serio del heredero adquirió la forma de Eva Sannum, una modelo noruega, estudiante de publicidad, con la que pensó en boda y que contó con el apoyo de la Reina Sofía, más sensible a los sentimientos de sus hijos que el padre. Entonces Felipe, mal aconsejado, cometió su segundo gran error amoroso: luchar por que la gente, el pueblo llano, se fuera familiarizando poco a poco con su novia y así no ocurriera como con Isabel. El broche lo puso al dejarse ver con ella en la boda de Mette Marit y Haakon, grandes amigos de ambos. Pero ¡ay! El pueblo, como se le preguntó, volvió a opinar. Y la respuesta fue “No”. Que si era modelo, que si ni siquiera era española, que si sus padres eran corrientes y molientes, que cuánto mejor hubiera sido, vista ahora con el paso de los años, Isabel, que al fin era aristócrata, o casi.

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Y el tiempo pasó. Y entonces Don Felipe conoció a Letizia, y ésta, genio y figura, le dijo algo así como ‘¿No pensarás que voy a irme contigo para que luego me digas que no puede ser?’ [lo saben cuantos la conocen] y él comprendió que por fin la había encontrado, que era ella. Intentaron avanzar en su relación sin interferencias extrañas, pero cuando ya era imposible ocultarla por más tiempo, Felipe peleó y se impuso. Y así, lo que se anunció a los españoles el 1 de noviembre de 2003 no fue el noviazgo del Príncipe Felipe y la periodista, sino el compromiso oficial y la fecha de la boda. A Letizia se la criticó y miró con lupa –faltaría más, para eso somos españoles- pero esta vez no había nada sobre lo que opinar, o al menos nada importante. Porque Felipe ya había decidido que ella algún día sería la reina, la mejor reina.

http://m.jetset.com.co/quien-es-quien-en-el-jetset-y-la-farandula/galeria/felipe-de-borbon-fotos/47052 – Portada

http://www.vanitatis.elconfidencial.com/fotos/2012/20120308-23019-album.html – Interior

http://www.que.es/ultimas-noticias/sociedad/201202191100-isabel-sartorius-sobre-principe-felipe-cont.html?anker_1 – Interior

 

Compartiendo

Lola Ce
Lola Ce

6 Comemtarios

  1. Qué interesante. Nunca lo había visto de esta forma.

  2. Conocí a Isabel Sartorius hace muchos años. Creo que el Rey guarda un buen recuerdo de su historia con ella. Aunque no soy una fanática de la monarquía, les deseo suerte a ambos en su respectivas vidas.

  3. ES verdad. Ya casi había olvidado todo lo de Isabel. Primero se la criticó mucho y luego todo el mundo decía que era mejor que Eva Sanum, cuando ya no había nada que hacer. Muy típico nuestro.

  4. A. Hernández Responder a A.

    No creo que lo hubiera hecho mejor que Letizia. Esta chica tenía menos luces

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