Historias de algunas (y algunos) valientes

Esperanza Aguirre y Pablo Carbonell en “Caiga quien Caiga” (CQC): una buena estrategia

No lo digo yo, lo dice Pablo Carbonell en sus peculiares memorias, El mundo de la tarántula (Blackie Books). Se ha hartado de decirlo todos estos años, de hecho, pero ahora además lo ha dejado escrito. Habla del fino olfato de la otrora ministra, de lo difícil que fue al principio que el programa de Televisión Caiga quien caiga (CQC) se afianzara en la parrilla, de cómo al ver que Esperanza Aguirre adoptaba una actitud con él un tanto coqueta, decidió jugar a fingir un enamoramiento con la ministra: “Rodeaba nuestros besos de saludo con un halo de florecillas, ralentizaba las imágenes del encuentro, ponía de fondo la canción Love Is a Many-Splendored Thing, usaba el blanco y negro…”. Y ella, ¿Qué decía? Pues seguía el juego y ponía cara de arrobo ante los comentarios del reportero de las gafas negras, pero la cosa nunca llegó a mayores (eso parece). Y eso que la pareja de Carbonell llegó a estar un poco mosqueada con tanto flirteo con Esperanza, según afirma el cantante en el libro.

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No creo que haya un solo español que presenciara algunas de los muchos tonteos televisivos entre Aguirre y Carbonell y pensara que la cosa pudiera ir en serio. No por la diferencia de edad, por supuesto, sino por la diferencia de “sensibilidades” (y aquí cada cual que piense lo que quiera). ¿Una de las caras más visibles del PP, la sinpar Espe, que cuando era ministra de Cultura era capaz de confundir a dos directores de cine en pleno evento pregoya y quedarse tan fresca, teniendo un romance con el cantante de Toreros muertos, el que cantaba aquello de Mi agüita amarilla? Por mucho que le gustara sorprender y chupar cámara, no era ese un titular que esta fiera de la política buscara. Aguirre es una caja de sorpresas, pero no tanto. Y eso que está emparentada con el poeta Jaime Gil de Biedma (así, de entrada, son personas que se me antojan bien lejanas). Eso me recuerda que, como periodista, he conocido a alguna colega que usaba el Gil de Biedma para firmar porque daba pedrigrí, y a alguna otra (también periodista) que se quejaba de que ella, no teniéndolo de primero, era más sobrina del poeta que la otra. Igualito que los que se hacen llamar condes porque sus padres o abuelos lo eran, aunque ellos ya no tengan título alguno: la aristocracia intelectual no es tan diferente de la otra.

Dice Pablo Carbonell en su interesante libro que, en lo que respecta a su vínculo con el programa Caiga quien caiga, quien fuera Presidenta de la Comunidad de Madrid “siempre supo muy bien dónde estaba y cuál era el rédito que pensaba obtener”. No tengo ninguna duda. Pero esta entrada, con el tema de los parentescos, me ha llevado a otro lugar, a esas curiosas relaciones de sangre que hay entre la propia Esperanza Aguirre y, por ejemplo, la artista Ouka Lele; o entre el conde Lequio y la actriz Glenn Close Y, ya puestos, entre Pablo Carbonell y una de sus primas carnales, Aitana Sánchez-Gijón, de quien, por cierto, no dice en sus memorias absolutamente nada. Nada.

Créditos: thehuffingtonpost.es, antoniorico.es (interior)

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Lola Ce
Lola Ce

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